La reciente marcha de los “acuerdistas” en la Universidad de San Marcos ha alimentado la voluntad autoritaria que se esconde tras la manera en que se ha venido cargando de significado la palabra “terrorista”. El estereotipo del “terrorista” remite a la imagen de un individuo poseído para siempre por una voluntad maléfica de destrucción, que no ceja en su empeño y que busca asociarse con otros como él. Pero, para empezar, los “acuerdistas” han renunciado al uso de la violencia y lo que buscan es un “acuerdo de paz” que permita “solucionar los problemas derivados de la guerra popular”. Principalmente, la liberación de Guzmán y la cúpula de Sendero Luminoso. Este pedido no tiene ninguna legitimidad social pues si hay algo en que el conjunto del pueblo peruano está de acuerdo es en el repudio a Guzmán. Detrás del acuerdismo están los seguidores incondicionales de Guzmán, los familiares de los senderistas muertos o asesinados y los estudiantes más pobres, aquellos que copan la vivienda y el comedor universitario. En todo caso se trata de un número muy pequeño pero que logra una presencia sobredimensionada por la crisis de la universidad.
Entonces un tema de fondo es la crisis universitaria. Dos palabras la describen: corrupción y mediocridad. En la universidad pública se ha impuesto un patrón de gobernabilidad que se caracteriza precisamente por el mínimo esfuerzo académico y por el máximo logro de ventajas personales y de grupo. Domina entonces una complicidad: los profesores trabajan poco y se esfuerzan menos, los estudiantes casi no aprenden y las autoridades no gobiernan.
En el vacío político generado por el desinterés de los estudiantes, grupos muy pequeños, pero bien organizados, pueden conseguir ganar las elecciones estudiantiles y apoyar a autoridades débiles cuyo programa se agota en mantener y administrar la mediocridad en función de perpetuarse en el poder. Entonces no se exige, y muchos profesores y alumnos están contentos pues ganan sus sueldos y pasan sus cursos sin ningún problema.
Desde luego que en toda universidad pública hay un núcleo sano de profesores y estudiantes. Gente con vocación y ganas de trabajar y aprender. Pero este núcleo está mediatizado por corruptelas y la tentación facilista que permite el gobierno mafioso de la mediocridad.
Este es el contexto en que los estudiantes con menos voluntad de aprendizaje aprovechan para obtener ventajas disfrazándose de radicales.
Y los medios de comunicación no comprenden el problema porque, en el fondo, a la sociedad no le interesa mucho la universidad pública. Entonces las noticias se concentran en la marcha de los “acuerdistas” como si esta demostración correspondiera a un peligroso resurgimiento del “terrorismo”. Demandan por tanto represión y denuncian a las autoridades por no tener mano dura para impedir marchas de ese tipo. En vez de investigar la problemática de la universidad y de apoyar a los profesores y estudiantes que están a favor de una renovación de la universidad se agotan en la denuncia policial y la demanda de represión.
Lo que actualmente sucede se asemeja superficialmente a lo que ocurrió en los años 80, en la época en que Sendero Luminoso logró tener una gran presencia en la universidad pública. La prédica y el esfuerzo de organización senderista se concentró en las Facultades y espacios donde estaban los estudiantes con menos oportunidades, con más necesidades, y que contaban, además, con una débil preparación académica; por tanto, más propensos a ser captados por una prédica dogmática que también les otorgaba beneficios tangibles. De allí que Sendero lograra grandes avances en las Facultades de Educación y de Ciencias Sociales; y en espacios como las residencias y los comedores universitarios. Pero ahora que las ideologías han perdido verosimilitud, el apoyo de los estudiantes ya no se consigue con una prédica dogmática sino con beneficios materiales. De allí la posibilidad que los “acuerdistas” consigan una clientela que bien organizada y apoyando a las autoridades corruptas sea parte del gobierno de la universidad pública.
En cualquier forma, el autoritarismo se alimenta del fantasma del “terrorista” pues crea la sensación de un rebrote de Sendero Luminoso y la necesidad de imponer el orden restringiendo las libertades. Por ejemplo Hugo Guerra nos dice: “Es indispensable que el Estado Peruano supere los debates inconducentes sobre la falsa defensa de los derechos humanos y reaccione enérgicamente para derrotar, hasta extinguir, a la renaciente banda terrorista de Sendero Luminoso.” (El Comercio, 19 de junio del 2010) La propuesta es construir un estado autoritario que pueda frenar las protestas sociales con una violencia efectiva y no fiscalizada por la sociedad civil.
Pero se trata de una propuesta que no va con los tiempos. La protesta social, aún cuando caiga fácilmente en el vandalismo, es legítima es un país con tantísima injusticia. Y, va a continuar, y gracias a ella el Perú habrá de ser menos injusto y desigual. Y podría ser mucho menos violenta si los gobiernos fueran más sensibles al diálogo. Además el autoritarismo y la represión desde el Estado no son enteramente posibles mientras haya elecciones. De allí que planteamientos como los de Guerra impliquen un llamado a un golpe militar o un régimen como el de Fujimori-Montesinos.
Entonces un tema de fondo es la crisis universitaria. Dos palabras la describen: corrupción y mediocridad. En la universidad pública se ha impuesto un patrón de gobernabilidad que se caracteriza precisamente por el mínimo esfuerzo académico y por el máximo logro de ventajas personales y de grupo. Domina entonces una complicidad: los profesores trabajan poco y se esfuerzan menos, los estudiantes casi no aprenden y las autoridades no gobiernan.
En el vacío político generado por el desinterés de los estudiantes, grupos muy pequeños, pero bien organizados, pueden conseguir ganar las elecciones estudiantiles y apoyar a autoridades débiles cuyo programa se agota en mantener y administrar la mediocridad en función de perpetuarse en el poder. Entonces no se exige, y muchos profesores y alumnos están contentos pues ganan sus sueldos y pasan sus cursos sin ningún problema.
Desde luego que en toda universidad pública hay un núcleo sano de profesores y estudiantes. Gente con vocación y ganas de trabajar y aprender. Pero este núcleo está mediatizado por corruptelas y la tentación facilista que permite el gobierno mafioso de la mediocridad.
Este es el contexto en que los estudiantes con menos voluntad de aprendizaje aprovechan para obtener ventajas disfrazándose de radicales.
Y los medios de comunicación no comprenden el problema porque, en el fondo, a la sociedad no le interesa mucho la universidad pública. Entonces las noticias se concentran en la marcha de los “acuerdistas” como si esta demostración correspondiera a un peligroso resurgimiento del “terrorismo”. Demandan por tanto represión y denuncian a las autoridades por no tener mano dura para impedir marchas de ese tipo. En vez de investigar la problemática de la universidad y de apoyar a los profesores y estudiantes que están a favor de una renovación de la universidad se agotan en la denuncia policial y la demanda de represión.
Lo que actualmente sucede se asemeja superficialmente a lo que ocurrió en los años 80, en la época en que Sendero Luminoso logró tener una gran presencia en la universidad pública. La prédica y el esfuerzo de organización senderista se concentró en las Facultades y espacios donde estaban los estudiantes con menos oportunidades, con más necesidades, y que contaban, además, con una débil preparación académica; por tanto, más propensos a ser captados por una prédica dogmática que también les otorgaba beneficios tangibles. De allí que Sendero lograra grandes avances en las Facultades de Educación y de Ciencias Sociales; y en espacios como las residencias y los comedores universitarios. Pero ahora que las ideologías han perdido verosimilitud, el apoyo de los estudiantes ya no se consigue con una prédica dogmática sino con beneficios materiales. De allí la posibilidad que los “acuerdistas” consigan una clientela que bien organizada y apoyando a las autoridades corruptas sea parte del gobierno de la universidad pública.
En cualquier forma, el autoritarismo se alimenta del fantasma del “terrorista” pues crea la sensación de un rebrote de Sendero Luminoso y la necesidad de imponer el orden restringiendo las libertades. Por ejemplo Hugo Guerra nos dice: “Es indispensable que el Estado Peruano supere los debates inconducentes sobre la falsa defensa de los derechos humanos y reaccione enérgicamente para derrotar, hasta extinguir, a la renaciente banda terrorista de Sendero Luminoso.” (El Comercio, 19 de junio del 2010) La propuesta es construir un estado autoritario que pueda frenar las protestas sociales con una violencia efectiva y no fiscalizada por la sociedad civil.
Pero se trata de una propuesta que no va con los tiempos. La protesta social, aún cuando caiga fácilmente en el vandalismo, es legítima es un país con tantísima injusticia. Y, va a continuar, y gracias a ella el Perú habrá de ser menos injusto y desigual. Y podría ser mucho menos violenta si los gobiernos fueran más sensibles al diálogo. Además el autoritarismo y la represión desde el Estado no son enteramente posibles mientras haya elecciones. De allí que planteamientos como los de Guerra impliquen un llamado a un golpe militar o un régimen como el de Fujimori-Montesinos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario